LIBRO I
CONSEJOS QUE SIRVEN PARA LLEVAR VIDA ESPIRITUAL
Capítulo I
IMITACIÓN DE CRISTO Y DESPRECIO DE TODAS LAS VANIDADES DEL
MUNDO
1. “El que me sigue no va a oscuras”, dice el
Señor. Estas palabras son de Cristo y con ellas nos enseña a imitar su vida y
sus virtudes, si queremos gozar de la luz verdadera, y librarnos de la ceguera
del alma.
Por esta razón, que la meditación acerca de la vida
de Jesucristo sea el más profundo de nuestros estudios.
2. La enseñanza de Cristo es superior a todas las
enseñanzas de los santos; y el que tenga su espíritu, en ella encontrará un
maná escondido.
Pero suele suceder que muchos, aunque oigan con
frecuencia el evangelio, pocas ganas sienten de practicarlo, por faltarles el
espíritu de Cristo.
En cambio, el que quiera adquirir la plena y
sabrosa inteligencia de las palabras de Cristo tiene que esforzarse por
arreglar toda su manera de vivir conforme a la de él.
3. ¿De qué te sirve hablar profundamente acerca de
la Trinidad, si no tienes humildad, y por eso desagradas a la misma Trinidad?
Verdaderamente, los discursos profundos ni
santifican a nadie, ni lo justifican. La vida virtuosa es lo que hace a uno
agradable a Dios.
Quiero más bien sentir la compunción, que saber su
definición.
Si supieras de memoria toda la Biblia y las
doctrinas de todos los filósofos, ¿de qué te sirviera todo eso sin el amor y la
gracia de Dios?
“Vanidad de vanidades, todo vanidad”, menos el amar
a Dios y servirle a él solo.
Esta es la sabiduría suprema: encaminarse al Reino
de los Cielos con el desprecio del mundo.
4. De modo que es una locura el andar buscando
riquezas que se acabarán, poniendo en ellas la esperanza.
Es también locura el aspirar a honores, elevándose
a alta posición.
Es una locura el dejarse arrastrar de las pasiones
carnales, apeteciendo placeres por los cuales al cabo se tiene que sufrir
terrible castigo.
Es una locura desear larga vida, cuidando poco de
que sea buena.
Es una locura el preocuparse solamente de la vida
presente, sin previsión de la vida futura.
Es una locura el aficionarse a lo que tan pronto se
acaba, el no afanarse por llegar allá donde los goces duran para siempre.
5. Recuerda con frecuencia este adagio: “ni el ojo
se sacia de ver, ni el oído de oír”.
En
consecuencia, empéñate por arrancar tu corazón del amor a las cosas visibles,
apegándolo a las invisibles. Pues los que se dejan llevar de sus sentidos
manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.