miércoles, 22 de mayo de 2013


LIBRO I

CONSEJOS QUE SIRVEN PARA LLEVAR VIDA ESPIRITUAL

Capítulo I

IMITACIÓN DE CRISTO Y DESPRECIO DE TODAS LAS VANIDADES DEL MUNDO

1. “El que me sigue no va a oscuras”, dice el Señor. Estas palabras son de Cristo y con ellas nos enseña a imitar su vida y sus virtudes, si queremos gozar de la luz verdadera, y librarnos de la ceguera del alma.
Por esta razón, que la meditación acerca de la vida de Jesucristo sea el más profundo de nuestros estudios.

2. La enseñanza de Cristo es superior a todas las enseñanzas de los santos; y el que tenga su espíritu, en ella encontrará un maná escondido.
Pero suele suceder que muchos, aunque oigan con frecuencia el evangelio, pocas ganas sienten de practicarlo, por faltarles el espíritu de Cristo.
En cambio, el que quiera adquirir la plena y sabrosa inteligencia de las palabras de Cristo tiene que esforzarse por arreglar toda su manera de vivir conforme a la de él.

3. ¿De qué te sirve hablar profundamente acerca de la Trinidad, si no tienes humildad, y por eso desagradas a la misma Trinidad?
Verdaderamente, los discursos profundos ni santifican a nadie, ni lo justifican. La vida virtuosa es lo que hace a uno agradable a Dios.
Quiero más bien sentir la compunción, que saber su definición.
Si supieras de memoria toda la Biblia y las doctrinas de todos los filósofos, ¿de qué te sirviera todo eso sin el amor y la gracia de Dios?
“Vanidad de vanidades, todo vanidad”, menos el amar a Dios y servirle a él solo.
Esta es la sabiduría suprema: encaminarse al Reino de los Cielos con el desprecio del mundo.

4. De modo que es una locura el andar buscando riquezas que se acabarán, poniendo en ellas la esperanza.
Es también locura el aspirar a honores, elevándose a alta posición.
Es una locura el dejarse arrastrar de las pasiones carnales, apeteciendo placeres por los cuales al cabo se tiene que sufrir terrible castigo.
Es una locura desear larga vida, cuidando poco de que sea buena.
Es una locura el preocuparse solamente de la vida presente, sin previsión de la vida futura.
Es una locura el aficionarse a lo que tan pronto se acaba, el no afanarse por llegar allá donde los goces duran para siempre.

5. Recuerda con frecuencia este adagio: “ni el ojo se sacia de ver, ni el oído de oír”.
 En consecuencia, empéñate por arrancar tu corazón del amor a las cosas visibles, apegándolo a las invisibles. Pues los que se dejan llevar de sus sentidos manchan su conciencia y pierden la gracia de Dios.

sábado, 18 de mayo de 2013

BREVES DATOS ACERCA DE TOMAS DE KEMPIS

Tomás Haemerken (en español Martillito, en latín Malleolus) autor de la Imitación de Cristo, nació en el pueblo de Kempen, no lejos de Düsseldorf, Bajo-Rin, antiguo electorado de Colonia, Alemania, en 1379 u 80, y murió en el monasterio del Agnetenberg, el 25 de julio de 1471.

Era hijo de un obrero metalúrgico, llamado Juan, y de una Gertrudis que parece haber tenido una escuelita de niños en el pueblo. Según la costumbre literaria de aquellos tiempos, Tomás recibió el nombre o apellido latinizado a “Kempis”, olvidándose por completo su nombre de familia.

Tenía un hermano mayor que él como unos trece o catorce años, llamado Juan, quien llegó a ser prior del monasterio de Agnetenberg, cerca de Zwolle, en el distrito de Windesheim.

Lo mandaron a estudiar a Deventer, Holanda, con aquellos amables hermanos y puros cristianos, los Hermanos de la Vida Común, fundados por el rico holandés Gerardo Groote, ganado a la virtud por el místico Ruysbroek.

El futuro monje del Agnetenberg tendría doce o trece años cuando llego a Deventer, donde estudió las humanidades y demás materias que entonces se estudiaban, con el excelente maestro Florencia Radewyn.

Algunos de aquellos hermanos habían tenido la idea de fundar un monasterio según el espíritu de Gerardo Groote, para que allí abrazaran la vida religiosa aquellos de sus hermanos que quisieran hacerse frailes. Los Hermanos de la Vida Común no lo eran.

Tomás se metió de monje como a los diecinueve años de edad, pero no profeso hasta 1406, y no se ordeno sino hasta 1413, porque aquel monasterio apenas comenzaba, carecía de recursos, a duras penas se construía y se sostenían los monjes.

Tomás fue electo dos veces subprior, y una vez fue nombrado ecónomo. No sirvió para este cargo, pues era demasiado espiritual y abstraído del mundo del mundo y de los negocios del mundo, y hubo que relevarlo.

Escribió una crónica de su monasterio hasta poco antes de su muerte, y varios tratados de bella mística que a veces rayan en lo sublime.

Su obra principal es la Imitación de Cristo. Fue escrita anónima, acabada en 1418. Pronto se copió y se difundió por dondequiera, algunas décadas antes de la difusión de la imprenta. En 1441 escribió Tomás y firmó con su nombre un códice o legajo que contenía los cuatro libros de la Imitación y otros varios tratados pequeños. Dicho código puede verse en la Biblioteca Real de Bruselas nos. 5855-61.

Como la Imitación salió anónima al principio, manuscrita, se hicieron muchas conjeturas acerca de su autor. A quien más tiempo se le atribuyó fue al piadoso y sabio canciller  de la Sorbona, Gerson, contemporáneo de Tomás de Kempis. Tal opinión quedó definitivamente descartada; criterios internos y externos prueban lo contrario.

Dice un escritor, y parece que con razón, que una persona de recto sentido histórico, y sin prejuicios, no podrá menos que admitir que Tomás de Kempis es el verdadero autor de la Imitación de Cristo. Criterios internos y externos, entre éstos el testimonio irrefutable de algunos de sus compañeros y amigos del Agnetenberg, convencen de que Tomás de Kempis es el autor de este librito de oro. Pueden leerse los artículos sobre Kempis en el Kirchenlexicon, en la Enciclopedia Británica, y en la Enciclopedia Católica Inglesa acerca de esta cuestión que antes tanto se debatió. Puede decirse que hoy en día Kempis es considerado generalmente con el autor de la Imitación.

Kempis pasó toda su vida copiando libros, y muy bien que lo hacía. El y los demás monjes del Agnetenberg con ese trabajo se sostenían, aunque con mucha pobreza. Todavía existe una Biblia en cuatro tomos que él copio de su puño y letra.

Estos frailes de Agnetenberg se llamaban canónigos regulares (no se confundan con los canónigos de las iglesias catedrales), y observaban la regla de San Agustín. Eran sumamente respetados y venerados, los del Agnetenberg, por su puro cristianismo verdadero espíritu religioso.

El monasterio del Agnetenberg fue destruido durante los trastornos de la Reforma.  El elector de Colonia, príncipe – arzobispo Hendrick, mandó trasladar los restos de Tomás, que yacían no lejos del antiguo  monasterio, a la Iglesia de San Miguel, de Zwolle, en 1685.

Doscientos años después, en 1897, se erigió un monumento a Tomás de Kempis, en dicha Iglesia de San Miguel, por suscripción de sus admiradores en todo el mundo. Ese monumento lleva una inscripción que dice así: “Honori, non memoriae Thomae Kempeemsis, cujus nomen perennius quan monumentum “, que podría traducirse  al español: “No para recordar, sino para honrar a Tomás de Kempis, cuyo nombre durará más que cualquier monumento”.